viernes, 20 de abril de 2012

Twitter frena hoy a un Rey y mañana a Castro



​ ​ ​"Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir". Estas han sido las palabras con las que el Rey Juan Carlos I dejó esta semana a todos los españoles con una sensación nueva, nunca antes experimentada, por el hecho de contemplar por televisión la asunción de culpa por parte del Monarca ante la polémica por su viaje a Botswana, un hecho inédito e histórico en nuestra democracia, tal y como han subrayado la mayoría de comentaristas.

Son unas declaraciones que claramente no podrían haber tenido lugar si, en la situación actual de grave crisis económica, los ciudadanos no hubiesen tenido en sus manos una herramienta tan potente de libertad de expresión como representan plataformas como Twitter o Facebook. Probablemente España sea uno de los países dentro del ámbito europeo donde estas herramientas se están usando actualmente con una presencia en lo público cada vez más pronunciada, más aún si tenemos en cuenta que los problemas que acosan a los españoles y a la economía del país generan un debate intenso y unas ganas de expresar malestar o desconento por parte de la ciudadanía. El debate social caliente, sobre diversidad de cuestiones que ocupan la agenda, pasando por todos los matices, desde la crítica más severa y seria al humor, la ironía o el sarcasmo, es ya una parte indisociable de nuestras vidas.

Las redes sociales están cambiando la manera en que los políticos se relacionan con la ciudadanía y se han convertido en uno de los aspectos de más influencia en el terreno político así como también en cuanto a la agenda de los medios de comunicación, los cuales cada vez se ven más obligados a prestarles atención para abordar los temas y las preocupaciones que la ciudadanía hace aflorar en ellas.

Pero un aspecto realmente interesante del nuevo fenómeno de las redes sociales y sus implicaciones en la vida pública es que directamente ponen un límite a la impunidad de aquellos que detentan el poder. Por supuesto que es algo que se da en sociedades libres, como la española, donde los ciudadanos están protegidos por un Estado de Derecho y cuentan con acceso a Internet. Hoy por hoy, este paso adelante se presenta como una utopía en sociedades como la cubana, donde el gobierno alienta la desconexión de sus ciudadanos de la Red, mediante todo tipo de excusas, o parapetándose detrás de las prioridades sociales del país y el embargo económico de Estados Unidos. Pero es más, la generación de este debate, impulsado desde los propios medios de comunicación, no es que solo sería utópico en Cuba, ya que fácilmente estaríamos incurriendo además en un hecho delictivo, pues la penalización de las opiniones, más si son discrepantes, es norma en la Isla de los Castro, como leemos como queja en muchas ocasiones en blogs alternativos que se escriben -no sin pocas pegas- desde la Isla.

La posibilidad de que los ciudadanos puedan reaccionar con sus opiniones de forma prácticamente paralela al accionar de un gobierno, sea para bien o para mal, supone un factor que limita el cierto "libre albedrío" que a veces ha caracterizado la toma de decisiones de algunos políticos, incluso en democracia. Sin ir más lejos, podríamos imaginar que en España otro gallo habría cantado cuando en el 2003 el presidente del PP José María Aznar se alineó con George Bush para aprobar el inicio de la guerra en Irak. Pero ya hoy cualquier decisión política es replicada de inmediato en las redes, convirtiéndose en una especie de parlamento virtual, en que se mezclan las voces de todos, sea un experto, sea un político o cualquiera que tenga ganas de expresarse. Esto tiene sus cosas buenas, y otras malas, pero no se puede pasar por alto lo positivo. En el caso de Cuba, ya hemos visto en varias ocasiones que la movilización de una minoría a través de Internet ha supuesto directa o indirectamente que el régimen hiciera marcha atrás en medidas más represivas. Algunos creen que es iluso creer que el régimen se parará por miedo a las redes, pero muchos otros creen, en cambio, que, en algunos casos, han servido ya para evitar males mayores.

Sea como sea, la ciudadanía -esté en sociedades donde ya hay libertad o en otras donde esta libertad se restringe- cuenta hoy con una herramienta que todavía nos tiene que dar muchas sorpresas. Y lo mejor será que estemos atentos y nos acerquemos a ellas con el objetivo de sacar el máximo provecho para el bien común. Sin menospreciarla con prejuicios.

Por: Joan Antoni Guerrero Vall

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